arenfr

Novedades

(50 Aniversario de Urracas Emaús)
Santiago de Chile, 19 de abril de 2008

  • Introducción

    A poco más de un año de la muerte del Abbé Pierre, impulsor del Movimiento Emaús y de las llamadas Comunidades de Traperos de Emaús, buenos son los momentos para compartir sus mensajes, sus denuncias y su lucha. Dejando para los seguidores de iconos la anécdota, el populismo y la mitificación de determinadas formas más personales; buenos son los momentos para situar en el “centro de la memoria” las esencias, convicciones y los ejes fundamentales sobre los que giró con persistencia y coherencia su voz, su grito, su lucha y su acción unidas a todos los que compartieron con él el camino de la historia.

    Al margen de otros legados materiales o insustanciales (marcas, patentes, propiedades...) el verdadero legado que el Abbé Pierre deja, por su “universalidad”, le transciende a él mismo, a su persona e incluso al momento histórico que le tocó vivir, se sitúa en la constante histórica de todos aquellos que promulgan un “orden nuevo”, es uno más de los muchos que han creado una larga historia de búsqueda de cómo construir un mundo que armonice la igualdad, la fraternidad y la libertad. Es por tanto, el mensaje del Abbé Pierre un compendio de valores y bondades inscritos en el corazón de la historia de la humanidad que busca centrarla en raíces morales y objetivos humanizantes. Desde este enfoque las organizaciones, los programas e instituciones se convierten en puros medios, en instrumentos que deben someterse a la dinámica de prueba y error para ir consiguiendo los fines morales y sociales que son los que verdaderamente otorgan la identidad más profunda a lo que hoy podríamos denominar el mundo Emaús. Y es así con este referente, el de un “orden nuevo”, como podremos contrastar cualquier construcción, voz, lucha o acción que conlleve la imagen “Abbé Pierre” o “Emaús”.

    Al igual que otros muchos a lo largo de la historia, llena de un largo camino de movilizaciones, resistencias, luchas, a veces ocultas y silenciadas, el Abbé Pierre se suma a esta muchedumbre que forma el arquetipo que busca erradicar el sufrimiento humano causado por mecanismos de explotación y dominación y que apela a la sublevación moral y al compromiso social y político de todas aquellas personas que, desde diversas ideologías, éticas o religiones, quieren acabar con situaciones de inhumanidad y desigualdad en torno a un programa común de acción. En este sentido lo importante no es el “nombre” sino la “cosa”, y es esta “cosa”, este “centro de memoria”, el que debe estar presente en el tiempo actual y en la construcción del Movimiento Emaús, siendo lo básico y lo esencial saber precisar los fines y los medios de un proyecto colectivo y “universal” para lograr que disminuyan las explotaciones, las injusticias, opresiones, desigualdades y pobrezas que siguen existiendo.

    La acción del Abbé Pierre no es el resultado de un proyecto predeterminado, de una estrategia pensada o de un edificio de ideas que luego se ponen en práctica, no, bien al contrario es un edificio fabricado por la vida convertida en ideas. “Las acciones se fueron acumulando hasta que llega un momento en que esa acumulación se convierte en idea”. En muchas ocasiones le oímos decir que lo que ocurrió es algo que simplemente surgió por necesidad, ante determinadas situaciones no quedaba más remedio que actuar. Ello indica claramente una actitud de “comunicación directa con la vida”, con lo que fluye y está alrededor, con “los otros” y lo otro. Las realidades no pasan desapercibidas, no hay un enclaustramiento que enajena del gozo o el sufrimiento ajeno y de la construcción social, de lo público. Manifiesta una actitud profunda del sentido de conexión e identidad con la Vida, entre los seres humanos y en el proyecto histórico común.


    Ejes Principales
    • Comunicación directa con la vida por su formación, convicciones y certezas íntimas. El Abbé Pierre era un hombre de fe desde una teología que extrae la esencia del mensaje cristiano en la creencia de que Dios es Amor, que es un Padre que se expresa por Amor. Un amor que semeja a Dios y al hombre y que en Dios tiene su perfección y en cada hombre se encuentra su germen. Esta convicción apasionada con sus diferentes expresiones del mensaje cristiano (fraternidad, opción por los pobres...) inspiran su comunicación con la vida, sus relaciones y sus reacciones. No fue en balde el contacto estrecho con el teólogo H. de Lubac (teología del diálogo) y su admiración por T. de Chardin (teología cósmica) que le sitúan en una línea, nada ortodoxa, de apertura, comprensión, relatividad de determinados dogmas y costumbres morales de la iglesia católica. Todo ello le llevó a reafirmar con insistencia: “A menudo me preguntan: ¿Cuál es la finalidad de la vida? A pesar de tanto absurdo, conservo una certeza que me acompaña desde mi encuentro con Dios en la adoración, cuando eran un joven capuchino. De modo que temblando, con la inteligencia escandalizada, pero con la convicción del corazón y de la fe respondo: la finalidad es aprender a amar” .
    • También una comunicación directa con la vida desde la disponibilidad a los requerimiento de los otros, especialmente de los marginados, de los sin techo, de los hombres en situación de fragilidad frente al sistema de los integrados. Disponibilidad que facilita el “encuentro” en condiciones de dignidad mutua y en búsqueda común del sentido profundo de la vida: “compartir”. El ofrecimiento intuitivo al primer desesperado con el que se encuentra marca el camino de la rehabilitación íntima, devuelve el sentido de utilidad personal y las ganas de vivir desde la mirada a los otros y la dedicación de las energías vitales para transformar socialmente la realidad que maltrata y devora a un sin fin de semejantes. El encuentro con el primer compañero de Emaús, Georges, un hombre maltratado por la vida y sus propias reacciones, que intenta el suicidio, sirve de espoleta y marco metodológico de la acción social en Emaús: “yo no te puedo ofrecer nada, pero tu eres libre para suicidarte o venir a ayudarme a ayudar a otros que están mal”. Alejado del paternalismo y de la beneficencia clásica el mensaje es para trabajar, para participar activamente en la construcción de un nuevo orden más justo. Uno se salva cuando se une a otros iguales para transformar el orden injusto, cuando se suma a los otros en un proyecto de trabajo colectivo, de lucha y de reivindicación, es decir, cuando se suma a los otros para defender la vida y relanzarla en un proyecto histórico colectivo humanizante. Como dice L. Bof en esa teología del compartir y ecológica de mirada a la madre tierra, “o nos salvamos todos o todos perecemos”.
    • Una comunicación directa con la vida desde el grito, la cólera y la denuncia pública y notoria de las realidades injustas de sufrimiento ajeno, desigualdad y depredación de la vida. Ante la muerte por frió en la calles de París de una mujer expulsada de su casa por no poder pagar el alquiler, el Abbé Pierre encolerizado toma los micrófonos de Radio Luxemburgo y lanza un grito que llama a la solidaridad, un grito que denuncia la desigualdad entre los acomodados y aquellos que nada tienen, un grito que llama a la “insurrección” : “Ayúdenme a ayudar”. Muchas voces nos encontramos en la historia que han llamado a la sublevación, a la movilización, desde la primera insurrección de los esclavos de Espartaco frente al imperio romano, con ese denominador común de resistencia a la opresión, al sufrimiento sistemático implantado por los dominadores, frente a la enajenación de los afortunados y luchando para romper los ciclos diabólicos de la pobreza y la esclavitud. El Abbé Pierre se suma a estas voces históricas y promueve con rabia y cólera la llamada “Insurrección del 54”, que pone de relieve y en primer plano de la opinión pública y política la situaciones sociales de marginación y desigualdad en una Europa de reciente estreno bajo los supuestos de libertad, derechos y democracia. Después del 54 son numerosos los momentos de denuncia del Abbé Pierre ante las situaciones perversas que permanecen y se consolidan tanto en Europa como en el resto del mundo.

    El Legado Profundo

    De todo ello surge la línea más nítida y consciente del mensaje de Emaús, el principio ideológico central del legado del Abbé Pierre que está recogido en la Regla de los Compañeros de Emaús: “Servir primero a los que más sufren” y “Frente a cualquier sufrimiento humano dedícate a solucionarlo en el acto, pero no solamente a solucionarlo en el acto sino en luchar contra las causas que lo producen”. Con ello se abre la metodología desde la que se deben estructurar y dotar de ideología las Comunidades Emaús, servir para ayudar, junto a otros, en la transformación de un orden internacional injusto con reglas y leyes económicas, sociales y laborales para bien de una minoría en detrimento de la gran mayoría de pueblos, ciudadanos y del propio planeta, es decir, en detrimento del presente y del futuro de la vida.  

    De esta manera la Comunidad de Emaús se sitúan en el lado práctico de esta construcción de un nuevo orden, ejerciendo como foco de resistencia ese espacio de lucha y liberación  desde la acogida, el trabajo, la vida en común, el servicio y la lucha. Emaús no es, por tanto, una expresión de teóricos de la acción, es en sí un testimonio vivo, de praxis, de los principios universales que están en el centro de legado del Abbé Pierre.

    • Acogida, apertura y gestos de ternura para aquellos que aparentemente derrotados o soñadores de utopías quieran unir voluntades y compartir esfuerzos para colaborar en empujar la historia hacia nuevos horizontes. 
    • Trabajo, independencia, libertad, soberanía y autosuficiencia sobre la propia vida, sus estéticas y sus necesidades para evitar la sumisión degradante y elevar la frente con dignidad. “Nunca dependerá nuestra subsistencia de otra cosa que no sea nuestro trabajo”.
    • Vida compartida, enriquecimiento, escuela de crecimiento personal, aprendizaje en proximidad del respeto a la diversidad, protección y seguridad compartida y potenciación de las energías que permiten avanzar frente a los vientos contrarios de las propias fragilidades individuales o de la intolerancia de sistemas sociales que excluyen a los que son diferentes.
    • Servicio y solidaridad como manifestación de la vocación por un proyecto universal en donde todos los seres humanos en armonía con la naturaleza puedan vivir y realizarse en condiciones de igual dignidad. Como manifestación de la no propiedad privada o del enriquecimiento individual causante de tanta perversión en la historia. Como manifestación y ejemplo del necesario reparto equitativo y reciprocidad entre los pueblos.
    • Lucha, reivindicación, movilización social y política porque nada en la historia se ha conseguido sin mirar de frente a los ojos y expresar con firmeza que la vida es para todos.

    A Modo de Finalización

    Todo ello en el deber de contrastarlo continuamente en la construcción que en cada coyuntura se haga del Movimiento Emaús, su organización, sus estrategias, estatutos, normas, etc... que deben ser transgredidas si apartan, omiten o desvirtúan esto que entendemos el legado social del Abbé Pierre y que hay que situar en el centro de su memoria. No en vano nos repitió hasta la saciedad que “Emaús nació para responder a una necesidad y a una urgencia. No es ni una obra, ni un movimiento confesional ni un movimiento político. Es una escuela de concienciación y de educación cívica”.

    Porque es necesario situar “la generosidad” como guía para un nuevo alumbramiento. Generosidad entendida por otro luchador de la historia, Jean Ziegler, como “la emoción que genera el sentimiento de revuelta ante la opresión y el deseo de alcanzar un mundo mejor. Es preciso, por tanto, pensar la generosidad como una mezcla aún inestable, por más esfuerzo que se haga, de pasión y de acción, de afecto y de concepto”, pero como dice otro anunciador de verdades, E. Sabato, “esto exige creación, novedad respecto a lo que estamos viviendo. La creación solo surge de la libertad y está estrechamente ligada al sentido de la responsabilidad, es el poder que vence al miedo.

    El hombre de la posmodernidad está encadenado a las comodidades que le procura la técnica, no se atreve a hundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad. Pero paradójicamente solo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro hombre, por su prójimo, o su vecino, o el chico abandonado en el frío de la calle... nos salvaremos por los afectos... El mundo nada puede contra el hombre que canta en la miseria...”


    José María García Bresó
    Emaús Pamplona


    Nota: Los subtítulos son responsabilidad de los editores.

Legado social del Abbé Pierre - Ver el documento completo en formato PDF

Somos miembros de